Aquí tendríamos que estar un texto con referencia a la figura de Guadalupe Noble como poeta. Todo está diseñado en el mundo de hoy para una vida sin pausas: autopistas, supermercados, comunicaciones, sistemas de trabajo, todo está montado y organizado para que correr cada vez más rápido, alimentemos nuestra ansiedad y arruinemos hasta nuestro tiempo libre.
  

Bromelia, Tomate y Lima

dice Guadalupe Noble, y nos queda la curiosa sensación de que es la primera vez que esas palabras se pronuncian. Porque en este libro su autora se propuso volver a nombrar las cosas, para que realmente existan. Es decir, quitarles la pátina de los siglos para que puedan volver a lucir como en el primer día. Decir el nombre de las cosas, nombrar-se, convertir el propio cuerpo en literatura; agua, fuego, aire, tierra; reinventar el mundo y su historia, su significado, para que todo comience de nuevo: niñez, amor, respeto. La autora convierte la página en camino, para que las palabras se echen a andar, para que la belleza reaparezca, para que fluya el poema. Río, pueblo, hombre, montaña. Guadalupe los nombra y, por ese raro sortilegio de la poesía, nos crea la ilusión -inquietante- de que es la primera vez que alguien lo dice.

Reyna Carranza, 2007.

  

Soy

Rasguña la piel, se mete por los poros, escarba en el pecho y lo oprime o lo dilata, porque hay tramos de dolor por heridas irreparables, como los hay de amor y de ternura por el bálsamo saturado con el jugo de hierbas estrujadas de pasión. Estos poemas no se leen, se absorben, se refugian en el alma, y allí se quedan para espiar por un lágrima tibia o una sonrisa melancólica la angustia de vacios por las cosas que debieron ser y no fueron, para mitigar nuestro desconsuelo por este mundo cruel y despiadado y decirnos que aún existe la belleza.

Elías Schele, 2005